El alforfón, también conocido como trigo sarraceno, en realidad no es una gramínea, sino una poligonácea, pero se ha asociado siempre al trigo por su textura, forma y sabor. Además, se usaba en la edad media para hacer galletas, cuando el trigo era más difícil de conseguir y procesar. Su ausencia de gluten lo hace un alimento apto para celíacos, y si bien no podés hacer un pan tradicional con él, lo podés utilizar para galletas y creppes, o además de para guisados o como plato principal o guarnición.
Cuando se popularizó la harina blanca reduciendo su costo de
elaboración, el alforfón se fue dejando de lado.
En Japón se hacen
los famosos fideos Soba con estas semillas, y en Rusia y Europa del Este se
prepara el Kasha, una especie de papilla dulce muy energizante para el
desayuno.
Por su valor nutricional, sería algo así como un
equivalente a la quinoa pero del otro lado del mundo. Es muy rico en proteínas, vitaminas
del grupo B (100grs de trigo sarraceno aportan casi el 50% de la dosis diaria
de B3), así como en minerales: calcio, hierro, magnesio, fósforo, potasio,
sodio y zinc.
Su aporte proteico también llega al 13%
con un elevado valor biológico (más del 70% es asimilado en la digestión) y es
muy energizante.
Se pueden moler los granos con un molinillo de café y
utilizar su harina para hacer creppes, sémolas y pastas, o bien dejar en remojo algunas horas y luego procesar con agua limpia para hacer las mismas preparaciones.
Lo podés comer además como
cualquier otro cereal cocinándolo a razón de 2 tazas de agua por 1 de trigo
sarraceno. Se aprovecha mejor su sabor lavándolo de igual forma que el mijo:
dejándolo unos minutos en agua hirviendo y luego frotándolo con agua fría para
quitarle el dejo amargo que pudiera quedar.
Su alto contenido en omega 3 lo hace un buen aliado
contra el colesterol y las enfermedades coronarias.
También es muy bueno para las personas que padecen
diabetes por un componente llamado fagomina, que reduce notablemente el índice
glucémico, produciendo mayor sensación de saciedad